“COMUNIÓN Y MISIÓN EN EL ANUNCIO DE LA ALEGRÍA DEL EVANGELIO”
Por segunda vez nos dirigimos a todos vosotros para presentaros unos nuevos textos de reflexión para este segundo trimestre.
El día 1 de diciembre, nuestro Obispo D. Carlos Osoro presentó en nuestra Parroquia todo el Plan Evangelizador de la Diócesis que se compaginará con el Plan Parroquial. Nos propone “un camino común para que, entre todos, con todos y para todos discernamos a la luz de la Palabra de Dios, qué nos está pidiendo el señor como Iglesia que peregrina en Madrid”.
Con palabras del Arzobispo, con esta segunda etapa de nuestro Plan Parroquial, queremos buscar “una vez más, que el encuentro con el Señor Jesús, vivo y resucitado… nos haga recuperar la alegría del Evangelio… de esta manera podamos anunciar de una forma más convincente”.
Al mismo tiempo queremos “fortalecer la comunión entre nosotros y juntos renovar todo aquello que en la Iglesia, que peregrina en Madrid necesite ser adaptado al hombre de hoy.
Y desde la Parroquia también queremos ofreceros pautas de reflexión común y pistas de acción.
En este segundo Trimestre hemos elegido como lema:
¡ Perdona !
Y como símbolo un corazón:
OBJETIVO GENERAL del CURSO PASTORAL:
Mostrar el rostro misericordioso de Dios, manifestando su amor desde la alegría compartida a los que nos rodean en la vida sencilla de cada día.
– Te animamos a leer el Texto Bíblico: Jn 21: “Después de esto Jesús se apareció otra vez a los discípulos junto al lago Tiberiades…
OBJETIVO ESPECÍFICO DEL TRIMESTRE
Descubrir la misericordia de Dios y ser reflejo de su ternura en nuestra vida sencilla de cada día desde una dimensión continua de conversión.
TEXTO DE SAN JUAN
San Juan nos dice: “Quien habla de estar en la luz mientras odia a su hermano, no ha salido de las tinieblas. Quien ama a su hermano está en la luz y en sí no encuentra tropiezo. En cambio, quien odia a su hermano está y camina en tinieblas sin saber adónde va, porque las tinieblas le han cegado los ojos” (1 Jn 2, 9-11)
REFLEXIONAMOS
Textos a reflexionar: Estudio de la Bula sobre el año de la Misericordia: “Misericordiae Vultus”
Analizamos cómo vivir la Bienaventuranza de la Misericordia en acciones y modos concretos en nuestro Barrio.
- Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre. El misterio de la fe cristiana parece encontrar su síntesis en esta palabra. Ella se ha vuelto viva, visible y ha alcanzado su culmen en Jesús de Nazaret… Él, con su palabra, con sus gestos y con toda su persona revela la misericordia de Dios.
- Misericordia: es la palabra que revela el misterio de Dios. Misericordia: es el acto supremo con el cual Dios viene a nuestro encuentro. Misericordia: es la ley fundamental que habita en el corazón de cada persona cuando mira con ojos sinceros al hermano que encuentra en el camino de la vida. Misericordia: es la vía que une a Dios y al hombre, porque abre el corazón a la esperanza de ser amados no obstante el límite de nuestro pecado.
- Con la mirada fija en Jesús y en su rostro misericordioso podemos percibir el amor de Dios. La misión que Jesús ha recibido del Padre ha sido la de revelar el misterio del amor divino en plenitud. Dios es amor (1Jn 4,8.16), afirma por primera y única vez en toda la Sagrada Escritura el evangelista Juan. Este amor se ha hecho ahora visible y tangible en toda la vida de Jesús. Su persona no es otra cosa si no amor.
- Un amor que se dona y ofrece gratuitamente. Sus relaciones con las personas que se le acercan dejan ver algo único e irrepetible. Los signos que realiza, sobre todo hacia los pecadores, hacia las personas pobres, excluidas, enfermas y sufrientes llevan consigo el distintivo de la misericordia. En Él todo habla de misericordia. Nada en Él es falto de compasión.
- En las parábolas dedicadas a la misericordia, Jesús revela la naturaleza de Dios como Padre. En ellas encontramos el núcleo del Evangelio y de nuestra fe, porque la misericordia se muestra como la fuerza que todo lo vence, que llena de amor el corazón y que consuela con el perdón… Sobre todo escuchemos la palabra de Jesús que ha señalado la misericordia como ideal de vida y como criterio de credibilidad de nuestra fe. Dichosos los misericordiosos, porque encontrarán misericordia (Mt 5,7) es la bienaventuranza en la que hay que inspirarse durante este Año Santo.
- La Iglesia tiene la misión de anunciar la misericordia de Dios, corazón palpitante del Evangelio, que por su medio debe alcanzar la mente y el corazón de toda persona. La Esposa de Cristo hace suyo el comportamiento del Hijo de Dios que sale a encontrar a todos, sin excluir a nadie. En nuestro tiempo, en el que la Iglesia está comprometida en la Nueva Evangelización, el tema de la misericordia exige ser propuesto una vez más con nuevo entusiasmo y con una renovada acción pastoral. Es determinante para la Iglesia y para la credibilidad de su anuncio que ella viva y testimonie la misericordia.
- Queremos vivir este Año jubilar a la luz de la Palabra del Señor: Misericordiosos como el Padre. El evangelista refiere la enseñanza de Jesús: Sean misericordiosos, como el Padre de ustedes es misericordioso (Lc 6,36). Es un programa de vida tan comprometedor como rico de alegría y de paz. El imperativo de Jesús se dirige a cuantos escuchan su voz (cfr. Lc 6,27). Para ser capaces de misericordia, entonces, debemos en primer lugar colocarnos a la escucha de la Palabra de Dios. Esto significa recuperar el valor del silencio para meditar la Palabra que se nos dirige. De este modo es posible contemplar la misericordia de Dios y asumirla como propio estilo de vida.
- El Señor Jesús indica las etapas mediante las cuales es posible alcanzar esta meta: No juzguen y no serán juzgados; no condenen y no serán condenados; perdonen y serán perdonados. Den y se les dará: les concederán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante, pues con la medida con que midan serán medidos (Lc 6,37-38). Dice, ante todo, no juzgar y no condenar. Si no se quiere incurrir en el juicio de Dios, nadie puede convertirse en el juez del propio hermano… Hablar mal del propio hermano en su ausencia equivale a exponerlo al descrédito, a comprometer su reputación y a dejarlo a merced del chisme… Sin embargo, esto no es todavía suficiente para manifestar la misericordia. Jesús pide también perdonar y dar. Ser instrumentos del perdón, porque hemos sido los primeros en haberlo recibido de Dios. Ser generosos con todos sabiendo que también Dios dispensa sobre nosotros su benevolencia con magnanimidad.
- En este Año Santo podremos realizar la experiencia de abrir el corazón a cuantos viven en las más contradictorias periferias existenciales, que con frecuencia el mundo moderno dramáticamente crea… Abramos nuestros ojos para mirar las miserias del mundo, las heridas de tantos hermanos y hermanas privados de dignidad, y sintámonos apremiados a escuchar su grito de auxilio. Nuestras manos estrechen sus manos, y acerquémoslos a nosotros para que sientan el calor de nuestra presencia, de nuestra amistad y de la fraternidad. Que su grito se vuelva el nuestro y juntos podamos romper la barrera de la indiferencia que suele reinar campante para esconder la hipocresía y el egoísmo. Es mi vivo deseo que el pueblo cristiano reflexione durante el Jubileo sobre las obras de misericordia corporales y espirituales. Será un modo para despertar nuestra conciencia, muchas veces aletargada, ante el drama de la pobreza y para entrar todavía más en el corazón del Evangelio, donde los pobres son los privilegiados de la misericordia divina… No olvidemos las palabras de san Juan de la Cruz: En el ocaso de nuestras vidas, seremos juzgados en el amor.
- La Cuaresma de este Año jubilar debe ser vivida con mayor intensidad, como momento fuerte para celebrar y experimentar la misericordia de Dios. La iniciativa “24 horas para el Señor”, celebrada durante el viernes y sábado que anteceden el IV domingo de Cuaresma, debe incrementarse en las Diócesis. Muchas personas están volviendo a acercarse al sacramento de la Reconciliación y entre ellas muchos jóvenes, quienes en una experiencia semejante suelen reencontrar el camino para volver al Señor, para vivir un momento de intensa oración y redescubrir el sentido de la propia vida. De nuevo ponemos convencidos en el centro el sacramento de la Reconciliación, porque nos permite experimentar en carne propia la grandeza de la misericordia. Será para cada penitente fuente de verdadera paz interior.
- Nunca me cansaré de insistir en que los confesores deben ser un verdadero signo de la misericordia del Padre. Ser confesores no se improvisa. Se llega a serlo cuando, ante todo, nos hacemos nosotros penitentes en busca de perdón. Nunca olvidemos que ser confesores significa participar de la misma misión de Jesús y ser signo concreto de la continuidad de un amor divino que perdona y que salva… Cada confesor deberá acoger a los fieles como el padre en la parábola del hijo pródigo: un padre que corre al encuentro del hijo no obstante que había dilapidado sus bienes. Los confesores están llamados a abrazar a ese hijo arrepentido que vuelve a casa y a manifestar la alegría por haberlo encontrado… En fin, los confesores están llamados a ser siempre, en todas partes, en cada situación y a pesar de todo, el signo del primado de la misericordia.
- El Jubileo lleva también consigo la referencia a la indulgencia. En el Año Santo de la Misericordia ella adquiere una relevancia particular… No obstante el perdón, llevamos en nuestra vida las contradicciones que son consecuencia de nuestros pecados. En el sacramento de la Reconciliación Dios perdona los pecados que realmente quedan cancelados y, sin embargo, la huella negativa que los pecados tienen en nuestros comportamientos y en nuestros pensamientos permanece. La misericordia de Dios es incluso más fuerte que esto. Ella se transforma en indulgencia del Padre que a través de la Esposa de Cristo alcanza al pecador perdonado y lo libera de todo residuo, consecuencia del pecado, habilitándolo a obrar con caridad, a crecer en el amor.
- El pensamiento se dirige ahora a la Madre de la Misericordia… Al pie de la cruz, María junto con Juan, el discípulo del amor, es testigo de las palabras de perdón que salen de la boca de Jesús. El perdón supremo ofrecido a quien lo ha crucificado nos muestra hasta dónde puede llegar la misericordia de Dios. María atestigua que la misericordia del Hijo de Dios no conoce límites y alcanza a todos sin excluir a nadie.
Una vez reflexionado el texto, y a su luz, te pedimos que propongas ideas de mejora para la Diócesis dentro del Grupo Parroquial al que perteneces. Si no perteneces a ningún grupo de la Parroquia y quieres compartirlo, lo puedes entregar por escrito o hablarlo con algún sacerdote de la Parroquia
En esta época de Cuaresma, el sacramento del Perdón tiene todavía más importancia. Por eso te recordamos cómo puedes recibirlo en nuestra Parroquia:
- Todos los días media hora antes de cada Eucaristía excepto la de 8,00 h.
- Se ruega que exista una preparación previa al sacramento: tendrán unas hojas en las puertas de los Confesionarios que pueden servir de ayuda a dicha preparación.
- Las Confesiones cesarán al iniciarse la celebración de la Eucaristía.
Y también queremos recordar que para tener un Corazón Misericordioso para vivir el perdón entre los hermanos de la Comunidad debemos ejercitar de las Obras de Misericordia:
Obras de Misericordia Corporales
- Visitar a los enfermos
- Dar de comer al hambriento
- Dar de beber al sediento
- Dar posada al peregrino
- Vestir al desnudo
- Visitar a los presos
- Enterrar a los difuntos
Obras de Misericordia Espirituales
- Enseñar al que no sabe
- Dar buen consejo al que lo necesita
- Corregir al que se equivoca
- Perdonar al que nos ofende
- Consolar al triste
- Sufrir con paciencia los defectos del prójimo
- Rezar a Dios por los vivos y por los difuntos


