Entre las atribuciones del sacerdote, ocupa el primer lugar la Plegaria eucarística, que es el vértice de toda la celebración. Hay que añadir a ésta las Oraciones, es decir, la Colecta, la Oración sobre las Ofrendas y la Oración después de la Comunión. Estas Oraciones las dirige a Dios el sacerdote actuando en la persona de Cristo, en nombre de todo el pueblo santo y de todos los circunstantes. Con razón se llaman “oraciones presidenciales”
Igualmente corresponde al sacerdote, como presidente de la asamblea reunida, decir algunas moniciones y fórmulas de introducción o conclusión. Compete asimismo al sacerdote que preside moderar la celebración de la Palabra de Dios y dar la bendición final. También le está permitido introducir a los fieles con brevísimas palabras, tras el saludo inicial y antes del acto penitencial o en la liturgia de la palabra; en la Plegaria Eucarística, entes del prefacio, pero nunca dentro de la misma; y antes de la fórmula de despedida.
La naturaleza de las intervenciones “presidenciales” exige que se pronuncien claramente y en voz alta, y que todos las escuchen atentamente. Por lo tanto, mientras interviene el sacerdote, no se cante, ni se rece otra cosa, y estén en silencio el órgano o cualquier otro instrumento musical.
El sacerdote no sólo pronuncia oraciones como presidente en nombre de la Iglesia, algunas veces lo hace a título personal, para poder cumplir con su ministerio con mayor atención y piedad. Estas oraciones son: la que se propone antes de la lectura del Evangelio, en la presentación de los dones y antes y después de la comunión del sacerdote, que se dicen en secreto.