Escribía Joseph Ratzinger en 1977, siendo arzobispo de Múnich y Frisinga: “Si la Pascua representa desde la perspectiva teológica el centro del año litúrgico, Navidad es la fiesta más humana de la fe, puesto que nos hace sentir de la manera más profunda la humanidad de Dios. En ningún otro lugar se puede percibir como en el pesebre lo que significa que Dios ha querido ser Emmanuel, «Dios con nosotros»”, un Dios —añado yo— con el que nos tratamos de tú porque nos sale, entonces y hoy, al encuentro como niño, y nos abre a una esperanza que sobrepasa cualquier ilusión o utopía meramente mundana. Por eso la Navidad es de modo especial una celebración que nos invita a contemplar el presente desde la memoria de lo que sucedió hace poco más de dos mil años con la esperanza puesta en el futuro. Pasado, presente y futuro; estos tres momentos contemplados cristianamente jalonan nuestro pregón navideño, un pregón que agradecemos de corazón a la parroquia que nos haya invitado a proclamar, pero que pronunciamos con “temor y temblor”, no por miedo a hablar ante todos vosotros —al fin y al cabo, los dos somos profesores y estamos algo acostumbrados a ello—, sino porque se produce en nosotros una desproporción radical entre lo que sentimos por dentro cuando contemplamos el misterio de la Navidad y lo poco que somos capaces de expresar con palabras.
PASADO O MEMORIA
La antigua tradición bíblica distinguía cuatro noches fundamentales de la historia de la humanidad:
- La noche de la creación del mundo, cuando la luz de Dios separó las tinieblas del cosmos.
- La noche de la Alianza con Abrahán, que, según relata el Génesis, mientras se ponía el sol y llegaba la oscuridad, Dios prometía a Abrahán una descendencia para siempre.
- La noche de la liberación de los judíos de la esclavitud de Egipto, de la pascua o paso del Dios liberador.
Finalmente, la cuarta noche, la noche que habría de venir en el futuro, en la que descendería sobre nosotros el Mesías, el Salvador.
Vamos a celebrar ya muy próximamente esta última noche, que ha inaugurado una historia nueva, la noche en la que el Hijo de Dios puso su tienda entre nosotros salvando la distancia que parecía insuperable entre nosotros y Dios. Esa tienda es un pesebre de Belén. Antes de su venida la tierra estaba vacía, vacía pues no habitaba aún en ella la plenitud de la gracia y de la verdad; ahora ha salido el sol sobre la creación, porque esa gracia se ha encarnado y ha nacido en un pesebre de Belén.
El pesebre de Belén es el lugar de la manifestación del centro de nuestra fe: los cristianos no sólo confesamos a un Dios que es, que existe, sino un Dios que está: Dios está presente. Él no vive retirado del mundo, no nos deja solos. Se cumple así definitivamente lo que Dios ya proclamaba en el salmo 126: “Yo estoy con vosotros”. Y se ha revelado viniendo en un escondido pesebre. Ésta es la paradoja de la Navidad: Dios ha decidido revelarse… escondiéndose al principio. Y es que los signos de Dios son discretos, pero el que tiene los ojos de la fe descubre, sabe la magnitud del misterio que ahí se esconde.
Dios vino en el silencio del mundo en la persona de un niño. Los evangelios son muy parcos en la descripción de este niño. Cuando hoy nace un niño queremos saber cuánto ha pesado, si llora mucho o no, o si se parece al padre o la madre. En los evangelios no se nos dice nada de eso. Él es el protagonista del relato, y sin embargo no se nos dice nada de él. Está en silencio. Se habla de otros, pero al hablar de otros se nos dice todo del niño. Y es que se habla de José, de María, y de que sólo unos pocos —los pastores, los magos de Oriente—, supieron que ahí, en un lugar perdido del mundo, estaba aconteciendo algo único, una Gracia con mayúsculas. Por eso interrumpieron su actividad cotidiana y fueron a adorarle. Sin decir casi nada de él, los evangelios lo están diciendo todo al describir todo lo que se mueve a su alrededor. Es, estando en silencio, el centro de todo.
De Jesús aprendemos, pues, que Dios, sin dejar de ser Dios —y por tanto todopoderoso—, es también, misteriosamente, pequeñez y solidaridad con nosotros en todas nuestras debilidades. De ese niño, que necesita todo y de todos, que depende totalmente de los demás y de sus padres, nos dice San Pablo que “todo fue creado por él y para él, y todo tiene en él su consistencia”. ¿No es acaso un signo maravilloso de cómo los planes de Dios-amor superan nuestra imaginación, provocando a la razón para que vaya más allá de donde ella, por sí sola, sería incapaz de ir?
Por eso la Navidad no es primariamente una llamada a la buena voluntad de los hombres, sino un anuncio gozoso de la buena voluntad de Dios para con los hombres. Navidad es la epifanía del amor de Dios: en ésta se ha manifestado la bondad de Dios y su amor a los hombres. La bondad de Dios, decimos nosotros, es “rocío” que en Navidad es destilado por los cielos, la “dulzura” que ha llovido de lo alto.
PRESENTE O EL HOY DE LA NAVIDAD
Celebramos en Navidad que Cristo ha nacido, y que sigue espiritualmente naciendo en cada uno de nosotros. ¡Y qué poco conscientes somos de ello! En nuestra vida cotidiana andamos ajetreados de la mañana a la noche, escapando incluso de nosotros mismos. El trabajo, la sociedad o el ocio nos tienen bajo su dominio; las cosas nos arrastran y nos empujan. Vivimos un clima de secularización empeñado en querernos convencer de que la Navidad es un acontecimiento prehistórico, algo del pasado que sucedió en una cultura muy lejana y en una sociedad muy distinta a la nuestra.
Lo vemos aquí, en nuestras calles de Madrid, que parecen empeñadas en olvidar lo que celebramos. Ponen luces, pero no se sabe de qué son tales luces. Pero evitemos caer en cualquier pesimismo frente a este mundo que no parece tener ojos para Cristo. Nosotros no nos dejamos contagiar por esta mirada superficial. Para comprender el misterio de la Navidad es necesario que tengamos el corazón de los santos. Éstos no se quedaban en la superficie de la Navidad, sino que penetraban en el interior del Misterio. Por eso nosotros, que también caminamos en la santidad, reivindicaremos siempre que la Navidad es tiempo ciertamente de felicidad, pero de una felicidad teológica, cristiana.
Por eso, cuando nos deseamos “Feliz navidad”, nos deseamos participar de la felicidad o alegría de María —como hemos escuchado hoy en el Evangelio— cuando el ángel exclama ante ella: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”; o la de los pastores, cuando el ángel les dice tras el nacimiento de Jesús: “Os anuncio una gran alegría”. Esta “alegría” serena y profunda es la que da, mejor, la que sólo da, la venida del Dios salvador al mundo. Esta es la alegría, la felicidad que nos deseamos nosotros y de la que participamos, una alegría que es también interior, porque es fruto de la presencia del Espíritu en nosotros.
Lo que celebramos esta Navidad de 2017 es que la Palabra de Dios se ha concentrado en un punto de la historia, pero no en el sentido de que la historia se retrotraiga hacia un acontecimiento del pasado, de manera que toda la historia a partir de él sea una repetición cada vez más mortecina de ese acontecimiento. No. Lo que significa está Navidad, la de los años pasados y la de los venideros, es que Dios se hace contemporáneo de todos los tiempos y llega a todas las situaciones humanas vivificándolas.
Por tanto, la Navidad es un acontecimiento que nos atañe porque se vuelve a hacer presente en el hoy gracias a la liturgia de la Iglesia. La liturgia nos hace en el Espíritu participes reales de esos acontecimientos. En sólo unos días podremos decir real y verdaderamente: “Hoy ha nacido Jesús; hoy ha aparecido el Salvador; hoy en la tierra cantan los ángeles”. Gracias a la liturgia y a la Tradición viva de la Iglesia no debemos decir con tristeza que dos mil años nos separan de los acontecimientos de la salvación, sino que dos mil años nos unen a ellos.
Nosotros sabemos que el secreto de la Navidad, la alegría de la vida cristiana, está en comprender que con la venida de Jesús al mundo, si bien aparentemente las cosas externas no han cambiado —se sigue riendo y llorando, se está enfermo y se tiene salud, se combate, se gana y se pierde e incluso la muerte nunca falta a su cita—, sin embargo, para quien escucha el anuncio de los ángeles y acoge al niño, cambia el sentido de todo lo que sucede. Cuando se acoge a Jesús con fe y amor cambia la vida, cambia la historia, cambia la eternidad. Todo es nuevo, las tinieblas del sinsentido son eliminadas por la luz del niño Dios. Él lo ha cambiado absolutamente todo.
Ahora bien, Jesús no se impone, sino que se ofrece. Sigue llamando hoy a la puerta de nuestro pesebre, a nuestro corazón, para que le hagamos sitio en nuestra vida, con humildad, como humilde es el pesebre que le acogió de niño, renovando siempre en el corazón la acogida real que ya le hicimos en el Bautismo y que renovamos sacramentalmente cada domingo con la Eucaristía. En esto consiste la conversión, en la gracia de la nueva vida en Cristo, la capacidad para vivir en el mundo como hijos de Dios: entonces es cuando la Navidad, esta Navidad de 2017, penetra en nuestra existencia.
FUTURO O ESPERANZA
En Belén se manifiesta que el muro que encerraba al mundo como en la oscuridad ha quedado destruido por la luz de Dios, que ha penetrado en todas las realidades, en todos los rincones de la vida humana. Por tanto, podemos vivir una vida muy distinta, más elevada, más digna, la vida de los hijos de Dios.
El hombre es en su vida un ser que espera. Cuando somos niños queremos llegar a ser adultos; cuando somos adultos queremos progresar y tener éxito; cuando andamos por los sesenta queremos llegar a jubilarnos para descansar. Al final, sin embargo, llega el tiempo en que uno descubre que había puesto su esperanza en todas estas cosas pequeñas.
Pero nuestra esperanza, la esperanza cristiana, está puesta en este niño Jesús que ha nacido. Nuestra esperanza está en ser incorporados de modo definitivo, tras nuestra muerte, a su resurrección, de la que ya participamos por la fe y el Bautismo.
Por eso la alegría cristiana, además de objetiva y real, es plena y definitiva. Crece hasta desembocar un día en la felicidad eterna, pero desde su interior, sin ir cambiando de un objeto de felicidad a otro, porque su objeto infinito es siempre el mismo; es siempre Dios. Aquí y ahora, nosotros podemos estar —como dice san Pablo— “alegres en la esperanza” (Rom 12,12); allí arriba estaremos alegres en la posesión, ya que Dios ha preparado para todos los que lo aman —dirá san Pablo en otro lugar— “lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el corazón del hombre llegó a pensar” (1 Co 2,9).
La esperanza cristiana no desvaloriza el presente, pero tampoco lo absolutiza. Su valor auténtico reside en que es tiempo de espera esperanzada.
Por eso, que al igual que Simeón, quien después de tanto tiempo de espera y deseo contenido pudo contemplar por fin al niño Jesús cuando fue presentado en el Templo, podamos también decir: “Ahora Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz, porque mis ojos han visto a tu salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos, luz para alumbrar a las naciones, y gloria de tu pueblo Israel” (Lc 2,29-32).
¡ Feliz Navidad para todos vosotros, comunidad de San Juan Evangelista, para vuestras familias, para vuestros seres queridos, y para todos los hombres de buena voluntad !